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Hacia la supervivencia de la PyME (Noroeste, 24 de octubre de 2015)

 

La vida promedio en México de una PyME (pequeña y mediana empresa) es de 18 meses. Según las estadísticas de la Secretaría de Economía, solamente 2 de cada 10 nuevas empresas logran sobrevivir después del quinto año.

Eso no significa que esas 2 sobrevivientes hayan cruzado ese umbral con fortaleza, eficacia y eficiencia para competir y dejar de ser pequeña o mediana para convertirse en una empresa grande. Todo lo contrario, las cifras revelan datos desalentadores. Las empresas que sobreviven, lo hacen con serios problemas financieros, poca infraestructura y con un capital humano poco motivado y con déficit de productividad.

Siguiendo con las estadísticas, la Condusef ha informado y por ello sabemos que sólo el 40% de los empresarios PyME tiene educación superior, a pesar de que los sectores en los que tales empresas incursionan requieren conocimientos para poder llevar a cabo la actividad. Dichos empresarios no tiene la educación, profesional ni financiera, para hacer realidad sus sueños empresariales.

¿Deben los gobiernos, o el Estado en su conjunto, impulsarlas de alguna manera (créditos, incentivos fiscales, laborales, subsidios, etc.)? El fracaso del empresario es grave, pero lo es aún más al tomar en cuenta la afectación que genera entre su familia, empleados, proveedores, consumidores y dependientes económicos. Parece que alguien debe hacer algo. No está claro quien, cuantos ni como: ¿la academia, el gobierno, la iniciativa privada (la llamada triple hélice)?

Una política pública seria, no debería conformarse con lanzar la ingenua y fácil idea de que cualquiera puede ser empresario. El ingreso al mercado de nuevos agentes económicos plantea, además de la profesionalización, la necesidad de competir con base en una regulación mercantil que los empresarios conocen (o al menos se presume que la conocen). Ahí los notarios públicos tenemos mucho qué ofrecer.

Así, ante una eventual contienda litigiosa por actos de competencia desleal (publicidad engañosa, publicidad parasitaria o adhesiva, actos de denigración) o por actos, contratos o convenios que puedan ser calificados como prácticas monopólicas (absolutas, relativas y concentraciones ilícitas) el nuevo empresario no puede alegar desconocimiento de la norma, pues el Derecho presume que es experto en el tráfico mercantil y el conocimiento del marco jurídico que regula a su actividad.

Además, consideremos el conjunto de disposiciones fiscales y administrativas (federales, estatales y municipales) que le son de aplicación a su “changarro”, junto a las inspecciones de todo tipo de verificadores (ambientales, consumidores, protección civil, etc.) algunas de ellas arbitrarias y caprichosas, que ciertamente en ocasiones lo único que hacen es aprovecharse de la falta de infraestructura y pericia del nuevo empresario que, al estar experimentando ser emprendedor, falla en el cumplimiento de las disposiciones administrativas más inusitadas que podamos imaginar, culminando con multas y sanciones administrativas por causas ridículas.

El problema es la norma que comparte la naturaleza de esa causa y que la misma es aplicada con ausencia de criterio y racionalidad algunas, propiciando que los costos sean aún más onerosos. El empresario como “gana uno y gasta dos, y no tiene perdón de dios” comienza a perder la carrera por el mercado.

Ante ese escenario, nada halagüeño, podemos vislumbrar cómo es que únicamente el 20% de las nuevas empresas permanezca en el mercado y también nos da una idea de cuál es su estado de salud. Una economía no puede aspirar a promover y mantener empresas con una regulación excesiva y costosa, con la expectativa de que son las que generan empleos.

Hace unas semanas fue la “semana del emprendedor” y salvo en el Distrito Federal, faltó la sinergia entre el gremio notarial y las asociaciones y cámaras estatales y locales de empresarios. El notario público es y debe ser visto como un aliado para la consolidación de las nuevas empresas.

Si bien es cierto que “el que con leche se quema, al requesón le sopla”, ojalá que en el futuro cercado las circunstancias exógenas al emprendedor (marco jurídico-institucional) permitan dar un giro y que las nuevas empresas logren mantenerse, ser exitosas e ingresar pronto en las grandes ligas y que el “emprendedurismo” venga acompañado de políticas públicas adecuadas y sensibles de la realidad nacional y de las asimetrías regionales del país.

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