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Practicar Derecho (Noroeste, 31 marzo 2017)

Fernando García Sais

Notario 210 del Estado de Sinaloa

www.garciasais.com.mx

@FGarciaSais

 

 

“El Derecho se aprende en la práctica”, se repite penosa y vergonzosamente en diversas facultades de Derecho. ¿Será cierto? ¿Es el Derecho una técnica o una Ciencia? ¿Puede un abogado sin conocimientos teóricos desempeñarse adecuadamente en la práctica? La adquisición del conocimiento, sin duda alguna, puede realizarse por medio del estudio o la experiencia.

Es la escuela de Derecho el espacio por excelencia para que los estudiantes adquieran las bases teóricas que les permitirán tener un ejercicio profesional de calidad, con conocimientos pluridisciplinarios (Economía, Contabilidad, Política, Filosofía, etc.) y valores éticos. Si estudiar Derecho es memorizar normas y repetirlas, no cabe duda que las casas de estudio jurídico deberían ir cerrando sus puertas. Las Universidades deben entrenar a sus alumnos para entender al Derecho como un factor de control y, muy relevantemente, de cambio social.

Es de lamentarse que la frase sea dicha, incluso por profesores de Derecho, quienes transmiten esa miseria de pensamiento a sus estudiantes, en lugar de enfatizar la importancia que tiene el conocimiento científico, que se adquiere a partir del trabajo que se haga, no sólo con las normas, sino con la aplicación de herramientas de otras ciencias, de tal manera que en el ejercicio profesional se puedan resolver las tensiones en beneficio de la sociedad.

Un buen programa de Derecho combina conocimientos teóricos y prácticos. No invita al estudiante al abandono de la escuela en busca de la codiciada práctica profesional. Así, las “clínicas de Derecho” que algunas de las mejores Universidades de México (ITAM, CIDE) han implementado para la aplicación del conocimiento teórico a casos reales, son un éxito. Ahí, los estudiantes defienden casos reales, llevan asuntos a la Suprema Corte de Justicia, revisan políticas públicas, analizan su implementación, entre otras actividades.

Hace unas semanas, el mundo fue testigo de lo que los estudiantes de Derecho de Yale (EUA), lograron hacer al conseguir que un juez federal emitiera una orden para prohibir al gobierno de Estados Unidos cualquier deportación basada en la orden ejecutiva del presidente Trump, que se aplicaría a ciudadanos de siete países del Medio Este para evitar su ingreso a EUA. Pueden leer la nota directamente: http://yaledailynews.com/blog/2017/02/03/law-school-clinics-immigration-case-develops/

Más allá del problema social resuelto gracias a esos jóvenes estudiantes y sus profesores, es evidente que en Yale a los estudiantes no se les invita a dejar de estudiar, reflexionar, criticar ni proponer; mucho menos a iniciar su vida profesional de mensajeros en alguna oficina pública o privada. Al contrario, la escuela se convierte en el eje toral para que se practique, en serio y de verdad, el Derecho.

Hay, en México, cerca de 2000 instituciones de educación superior autorizadas por las autoridades educativas para “enseñar Derecho”. Ello no es grave si no somos conscientes de que el abogado tiene confiado valores superiores de las personas, familias y empresas. La libertad, la defensa del patrimonio, y hasta la vida se pone en las manos (o en riesgo) de los profesionales del Derecho.

Si revisamos algunas leyes, observaremos que, en no menos de una función pública, los abogados tenemos el monopolio: jueces, magistrados y ministros; notarios y corredores públicos; agentes del ministerio público; titularidad de diversas procuradurías de justicia, de protección al consumidor, al ambiente, etc.; compartimos con economistas otras funciones clave como la de miembro de órganos constitucionales reguladores autónomos como la Comisión de Competencia y el Instituto Federal de Telecomunicaciones, por mencionar algunos.

La competencia desleal producida en un mercado de servicios jurídicos es otro de los problemas. Quien menos instrucción tiene, vende sus servicios a cualquier precio. Los operadores económicos en el mercado (personas, familias, empresas) que enfrentan problemas derivados de la asimetría informativa, pueden caer en la trampa. Para salir de ella, contratarán abogados más preparados y, al final, habrán incurrido en más costos.

La fuente del problema es que ante la presunción de verdad de la frase con la que abro este espacio, las escuelas cotorrean y los estudiantes también. El ejercicio profesional se vuelve, también, puro cotorreo. El Derecho no se aprende en la práctica. El derecho se aprende estudiando. En la práctica se adquieren experiencia y destrezas.

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