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Morirse en octubre (Noroeste, 28 agosto 2019)

 

Dr. Fernando García Sais

Notario 210 de Sinaloa

www.garciasais.com.mx

El programa federal del “mes del testamento” que nació en el 2003 sigue vivo. Su legado es la clara promoción de la cultura de no dejar problemas. Las estadísticas de los distintos estados de la república así lo demuestran. La población, en general, acude a las notarías en septiembre a dejar todo en orden. Ello se facilita bajando los costos de los aranceles, mediante un convenio que cada entidad debe firmar con los notarios, y ampliando los horarios de atención. En la ciudad de México, durante este mes se llegan a realizar cerca de la mitad de testamentos que en todo el resto del año. El éxito en el incremento del número de testamentos es evidente.

A casi veinte años del programa, uno de los principales retos que el notariado nacional tiene en frente es el de lograr que las clases medias y bajas tengan un acceso efectivo a las notarías. Cierto es que para las clases más acomodadas, bajar el costo implica incentivar que se postergue acudir al notario y esperar al mes de septiembre. Me parece que ese incentivo puede ser perverso y convertirse en un dulce envenenado. Para quien tiene recursos económicos el mes del testamento no debería ser un instrumento a bajo costo, debe reservarse para los más pobres. Incluso debe ampliarse para darle mayor cobertura y accesibilidad.

También es verdad que los más pobres ni en septiembre pueden acudir a las notarías. Evidentemente existen barreras como el arancel y otros costos que, a los más necesitados, se les traduce en una imposibilidad. Las notarías no pueden atender a todos y es probable que exista, sin querer, algún tipo de discriminación en el servicio.

En Sinaloa para el 2019 se ha difundido que el costo será de mil pesos si se cuenta con el estudio socioeconómico que el DIF practicó para evaluar la condición de pobreza. Si no califica como “pobreza extrema” o miseria (después de trabajar toda su vida con un salario mínimo indigno), se puede solicitar al notario dé el precio de dos mil pesos. Si eres pobre, muere en octubre. Así, podrás dictar tu testamento ante el notario público de tu elección. Si eres rico, espérate a septiembre, y el resto gástalo en Las Vegas, quítale el lugar a alguien que lo necesita más que tú.

Tampoco es para hacer dramas: morirse sin testamento tiene una solución legal. La ley prevé qué va a pasar con tus bienes. Nadie sabe para quien trabaja, cierto. Todo se dividirá entre tu esposa e hijos, si los hubiere. Si no, hay que buscar al pariente más cercano que resulte ser el “ganón”. A su falta, como no puede haber bienes sin dueño, todo se va a la Beneficencia Pública del estado.

Las notarías de todo el país se vuelcan a atender así, la ambiciosa campaña del mes del testamento, mediante la elaboración en su mayoría de “testamentos universales” en los que no hay disposiciones particulares, sino que se dispone que todo el patrimonio se reparta entre los herederos designados al momento. Puede pasar que, aprovechándose del programa de descuentos, para pagar la tasa arancelaria preferente, algún testador busque dictar legados, usufructos, rentas vitalicias, donación de órganos, reconocimientos de hijos, nombramiento de tutores, etc., y otras complejas disposiciones mortis causa.

En un nuevo enfoque del mes del testamento dirigido a las clases sociales más vulnerables, las notarías “más productivas” que atienden a mayor número de clientes o celebran operaciones económicamente más representativas, deberían tener una mayor participación en el otorgamiento de testamentos a bajo costo y si se sobrepasa cierto umbral, se deberían canalizar directamente programas gratuitos de testamentos.

 

Fuera del “mes del testamento” el más económico, el más sencillo de hacer, el más corto, tiene un costo de $6,486.29 que atendiendo a su complejidad puede alcanzar hasta $32,400.17. Pudiera pensarse que es mucho dinero. Hay quienes consideran que no lo es tanto, dado que el instrumento público sirve para transmitir de manera ordenada y efectiva la riqueza patrimonial tras la muerte. Si comparamos con el costo de morirse sin testamento (intestado), el testamento sigue siendo un instrumento competitivo. Diseñar y disciplinar la sucesión por seis mil pesos (que es lo que la mayoría paga) no parece un gasto imposible, bueno salvo para los pobres.

La realidad es que morirse sale caro y morirse sin testamento también. Llevar un juicio sucesorio implicará tiempo, dinero y esfuerzo y, paralelamente, pudieran existir tensiones entre los herederos generándose en alguna vez rompimientos familiares severos.

Si el notariado público en México implica la prestación de un servicio de interés social que se corresponde, además, con una función pública del Estado, que como sabemos la deposita en personas que reúnen ciertas características, el mes del testamento debería reformularse para que los más vulnerables logren pasar las barreras apuntadas.

Otra alternativa es potencializar el uso del testamento ológrafo, impulsando que aspirantes a notario den (buenas) asesorías a los testadores. Lo mismo respecto del testamento público simplificado que pudiera incluirse en las escrituras de adquisición de todo tipo de inmuebles. Sobre estos testamentos escribiré en otra ocasión.

 

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